CAPITULO VEINTIDÓS

TIERRA SECA


Tras aquella abrupta desaparición, Heracles se despertó aturdido. Estaba en un duelo fresco y blanquecino, hecho de esas baldosas frías en las que casi puedes ver tu reflejo. Incorporó medio cuerpo, ayudándose con sus musculosos brazos y miró a su alrededor, aunque todavía le costaba enfocar su visión, pudo distinguir las gigantescas paredes de aquel lugar. Aparentemente, desde fuera era una construcción humilde, pequeña, pero una vez dentro todo cambiaba. Las paredes, llenas de mosaicos representativos y altos ventanales, medían hasta cinco metros. El techo era abovedado con un sinfín de imágenes pintadas, los colores eran vivos, llamativos, aunque se podía apreciar el paso del tiempo en algunos, en otros parecía que el mismísimo Rafael los repasase cada día. La claridad era abrumadora para los ojos aún adormilados de Heracles. Los enormes ventanales atraían la luz hacia el interior. Era una sala sin muebles ostentosos, ni reliquias de ningún tipo, solo había un altar hacia el fondo con tres escalones bajos y en cada uno de ellos, una persona. Eran como estatuas, observaban a Heracles sin inmutarse, con las manos entrelazadas y reposadas en el regazo. Portaban una túnica azul celeste, muy clara, tan clara como el cielo más despejado. En sus espaldas, colgaba una gran caperuza y de ella una roseta griega plateada de cuatro pétalos. Heracles la reconoció al momento, los cuatro pétalos significaban los cuatro elementos de la naturaleza (viento, tierra, agua y fuego). El altar estaba rodeado por flores silvestres de todas las clases, pequeños arbustos de todos los colores y en el centro un gran manzano, fuerte, robusto y lleno de frutos. Los animales voladores lo sobrevolaban llenando la sala de armonía y paz. Heracles se levantó al ver que una mujer bajaba las escaleras del altar y se acercaba a él. Ella era diferente, más adulta, más bella y con una esencia distinta.

—Bienvenido, hijo de Zeus. —Ella extendió sus brazos para recibirlo.

—¿Quién eres? ¿Cómo sabes quién soy? —Preguntó desconfiado.

—Soy Mitéra. —Contestó, juntando las palmas de sus manos frente a sus labios, haciendo una pequeña y lenta reverencia cerrando los ojos. —Sabemos quién eres porque nosotros conocemos a todo ser que camina por la tierra. A ti no es difícil reconocerte, Heracles, hijo de Zeus.

—Ya, bueno… ¿Y dónde está mi amigo? —Preguntó apresurado.

—¿Te refieres al profesor? —Mitéra caminaba, solemne, alrededor de Heracles, los observaba como quien está en un museo.

—Sí. —A él le ponía nervioso ser objeto de una extraña mujer.

—No te preocupes por él, su cuerpo está descansando.

—¡¿Cómo que descansando?!

—Que su alma lo ha abandonado, pero nosotros cuidamos de su carne. —Dijo ella con calma. Hablaba muy despacio y cada paso que daba era premeditado, eso a Heracles no le gustaba.

Era una mujer joven y muy bella, de unos treinta y cinco años, su túnica no era azul como la de los demás, sino marrón, un marrón terrenal, una mezcla de color arena y tierra mojada. No llevaba el mismo símbolo, ni siquiera llevaba uno, pero sí tenía la caperuza puesta, por el flequillo salían algunos cabellos hacia fuera dejando ver su color, su pelo era como el chocolate, como los granos del cacao, al menos eso fue lo que pensó Heracles al verla. Sus ojos eran como su pelo, como su túnica y como su piel, tostados. Aunque eran pequeños, tenía una mirada penetrante, de esas que con solo mirarte, son capaces de descubrir todo tu interior. Iba descalza como los demás de aquella sala, pero ellos tenían heridas recientes, señal de desgaste y devoción. Ella no, ella no tenía ni un rasguño.

—¡¿Está muerto?! —Dijo él asustado.

—Eso es muy general, ¿no te parece? Decir que alguien está vivo o muerto es una forma de hablar demasiado rotunda. Hay muchas maneras de existir en este mundo y en otros. —A Heracles le molestaban sus enigmas y su manera de expresarse, tan calmada.

—¡No tengo tiempo para misterios, Mitéra! ¡Dime de una vez si está vivo o muerto! —Preguntó estresado.

—¡Eres un ser muy impaciente, Heracles y algo insubordinado! Teniendo en cuenta que estás frente a mí, la protectora de los cuatro elementos y soy la única que puede traerlo de vuelta a este plano terrenal.

—Si puedes traerlo de vuelta, ¿a qué estás esperando? — Le importó poco quién era, solo pensaba en salvar a Harris.

—No tan rápido, hijo de Zeus, antes deberás darme algo a cambio. —Contestó ella.

—¿Qué es lo que quieres? —Preguntó tajante, quería terminar con todo aquello lo antes posible.

Mitéra se giró hacia el altar, subió el primer escalón y de nuevo se giró hacia Heracles, con sus manos señaló a los que parecían estatuas mudas con túnicas azules, silenciosas, inamovibles y con los pies doloridos.

—Estos son los Yios, hijos de la Tierra, hijos míos. Jóvenes mujeres y hombres, destinados a preservar todos los elementos. Se entrenan durante siglos para ser dignos de ocupar un lugar en el Megalo Meteoro.

—Muy bien, ¿y qué? —Pregunto sin darle importancia. Mitéra era muy paciente, pero detestaba la falta de respeto.

—Los Yios que he criado, moldeado y entrenado hasta ahora, no han sido aceptados, ninguno de ellos a logrado entrar en el Megalo Meteoro. Antes todo era distinto, ¡mis Yios eran los ganadores, siempre, sin excepción! Se enfrentaban al resto de aspirantes de los otros monasterios y jamás eran vencidos. ¡Jamás! —Se estaba enfureciendo. Tomó aire por unos segundos y continuó levantando el mentón. —Ahora todo ha cambiado, la tierra ha cambiado, su vitalidad, su poder… Los humanos han infestado todo cuanto han pisado y por ellos, mis Yios ya no son puros.

—¿Y qué se supone que puedo hacer yo? Yo no puedo entrenarlos, necesitaría miles de años y no tengo tiempo. Llevo a cabo una importante hazaña, no voy a detenerme en una competición de egos.

—¡¡Tú no lo entiendes!! —Mitéra se dirigió a él furiosa. —¡Aquí equilibramos el mundo, equilibramos la existencia de todo lo que te rodea!

—Yo no pertenezco a este mundo, Mitéra, no soy de la Tierra. —Dijo con desprecio. —Soy olímpico, no me atañen vuestros problemas. Encontrarás a otro que lo haga. —Heracles infló su pecho con orgullo. —Si no vas a ayudarme, dime dónde está el profesor y yo mismo me lo llevaré de aquí, vivo o muerto.

—¡¿Quién te crees que eres?! ¡Estás ante una diosa, insignificante desliz humano! Tú solo existes porque tu padre tuvo una aventura con una terrestre! ¡Harás lo que yo te pida o te enfrentarás a mí! —Mitéra estaba muy enfadada ante la desobediencia de Heracles.

—¿Enfrentarme a ti? ¿Y qué vas a hacerme, rodearme de plantas y pajaritos? —Contestó él burlón.

Eso desequilibró del todo a Mitéra. Entonces su capa se convirtió en fuego. Rodeada de llamas de un vivo color rojo, miró a Heracles desafiante. Su rostro se cuarteó como la tierra seca y sus ojos dejaron de ser cacao, se volvieron brasas. Estiró los brazos hacia abajo, de sus manos brotaron dos varas incendiadas. Lanzó una, Heracles la esquivó haciendo un ligero movimiento hacia la izquierda, pero lanzó la segunda con tanta rapidez que Heracles no la pudo sortear y esta le atravesó el hombro.

Heracles era inmortal, pero su inmortalidad no le libraba del dolor. Soltó un quejido hacia dentro, un quejido muy varonil, su orgullo iba por delante. Miró a Mitéras y contestando al desafío, se arrancó aquella vara de fuego del hombro de un tirón.

—¡No puedes matarme, Diosa! —Dijo él medio sollozando.

—No, es cierto, pero puedo hacerte sentir dolor hasta que me ruegues y supliques. —Contestó ella apagando su fuego. Ahora solo quedaba una humareda a su alrededor que se esparcía por el aire como el humo de un cigarro. —Puedo salvar a tu amigo, a ese que porta el libro. —Heracles la miró impresionado. —¿Qué? ¿Creías que no sabría lo del libro? Dentro de este limbo vivimos bajo la armonía, la reflexión y la serenidad, pero no somos ajenos a lo que ocurre fuera, al menos no de lo importante. Sé muy bien qué es ese libro y de quién es. No voy a ser tan tonta como para meterme con Apolo, él es el dios de las musas de la tierra, de las Drinfas, las Náyades, de las Ninfas… así que no necesito saber más de lo que ya sé y no puedo ayudarte si no me das nada a cambio. Si Apolo viniera a pedirme explicaciones, él entendería mi intercambio. —Explicó mientras subía las escaleras y se posicionaba bajo el manzano. Acariciaba sus hojas con cariño. —Te lo preguntaré solo una vez más, ¿quieres que tu amigo viva?

—Primero quiero saber qué quieres de mí exactamente. —Contestó él intrigado.

—Un heredero. —Dijo ella. Heracles abrió sus ojos como platos.

—¿Un hijo mío?

—No. Que te quede claro desde ya, el hijo será solo mío, no quiero lazos sentimentales, ni paternales, ni de ningún tipo. ¿Queda claro? Solo quiero tu semilla y podrás irte por esa puerta con tu amigo, con el libro y con el símbolo de la roseta. Con ella demostrareis en Agias Trias que fuisteis dignos en el santuario de los cuatro elementos, que fuisteis bendecidos por mí; y os dejarán entrar.

Heracles se quedó pensativo durante unos segundos. Se sujetaba el hombro aún dolorido, parte de su camisa se había manchado con su sangre. Mitéra se fijó en su dolor, en su herida cicatrizándose sola y en el rastro de sangre en su prenda.

—Los Asimis siempre me habéis fascinado, con vuestra sangre tan plateada, tan brillante, ¡es fría, es densa..! —Dijo con un tono de voz casi placentero. A Heracles le causó atracción su lado perverso.

—Si vas a tratarme con esta brusquedad en el lecho, creo que tendré que pensármelo. —Contestó él, pícaro. Sonrió.

—Prometo ser más suave que tus puños. —Dijo ella, siguiéndole el juego. Le devolvió media sonrisa.

Entonces tendió su mano para ofrecerle subir al altar y él caminó con chulería hasta ella. Una vez juntos, uno frente al otro, un destello de luz los evaporó.


  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…

  3. Silvia en BLOG

    Gracias por regalarnos esta historia. Eres una escritora genial. Me encanta la historia y estoy deseando poder leer el siguiente…

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