CAPITULO TRECE

BISAGRAS OXIDADAS


Volvió a sentir en su nariz aquel olor a cereal recién cortado, a hierba seca y a maíz, incluso en las papilas gustativas de su lengua pudo percibir que había regresado de aquel llameante viaje. A Dedé le costó coger aire de nuevo, su pecho estaba oprimido por el calor de aquellas llamas, respiraba agitada, nerviosa, sus rodillas se meneaban sin control haciéndole perder toda la fuerza de sus piernas. Estaba de nuevo sentada en aquella destartalada camioneta. En sus manos todavía tenía aquella cadena, apretaba con fuerza aquel corazón partido, aún caliente. Intentó recomponerse al ver que George volvía hacia el coche. Sonriente y con aires de ganador, George estaba feliz por poder llevar a Dedé al hospital. Abrió la puerta con dificultad, las bisagras oxidadas hicieron un ruido molesto que asustó a Dedé más de lo que ya estaba. De un brinco, George se sentó en el asiento.

—Te he traído algo para comer, sé que en la comisaría no dan lo que se dice manjares. Estarás hambrienta. —Miró a Dedé y se dio cuenta de que algo pasaba. —¿Te encuentras bien? ¡Estás muy pálida! —Vio que sus piernas no dejaban de moverse, tiritaban como si una ola de frío la hubiera recorrido entera. La cadena de su madre sobresalía entre sus dedos. George miró su retrovisor buscándola, pero allí no estaba. De nuevo, miró las manos de Dedé sin comprender. —Hum… Ese es el colgante de… —

—De tu madre, Roxanne… —Le cortó ella.

—Sí… ¿Cómo…?

—¿Qué cómo lo sé? —Le cortó sin dejar que terminara la pregunta. Ella lo miró fijamente, con los ojos vidriosos a punto de estallar. Se encogió de hombros y miró sus manos que guardaban, bien apretadas, aquel recuerdo. Puso su desconsolada mirada azul en George de nuevo, con enormes lágrimas de terror. —¡No lo sé! ¡No sé qué me está pasando! —Se derrumbó.

—¡Eh, tranquila! —George se acercó despacio a ella, posando sus manos en sus hombros para intentar reconfortarla. —¿Qué sucede? Puedes contármelo.

—No, no puedo… — Dijo agachando la cabeza. —Últimamente me están pasando cosas extrañas y no consigo entender el por qué. Creo que me estoy volviendo loca.

—No digas eso, seguro que, lo que sea que te esté pasando, tiene alguna explicación. A mí puedes contármelo. —Acercó más su postura hacia ella, quería demostrarle confianza.

—No lo entenderías. —Dijo Dedé mirándolo suplicante.

—Prueba.

Dedé cogió aire, llenó sus pulmones de oxígeno y de valor para poder soltar las frases correctas, sin saber la reacción de aquel nuevo amigo, se aventuró. Si no le creía, no perdía realmente nada, si le creía, tendría un apoyo muy necesario. Así que comenzó por el principio, con el primer sueño, el primer viaje. La muerte de Mike se la detalló con pelos y señales, continuó con el anillo, con la magia que desprendía de él. Después le contó la existencia de un libro extraño, un libro al que le brillaban las letras grabadas de su portada. George abría sus ojos atónito, a medida que Dedé avanzaba en su historia, él solo podía alucinar más a cada segundo. Para terminar le contó lo que había pasado en el bosque cuando Elisa la había llamado pidiendo ayuda, lo de aquel hombre extraño con la cara de Mike, el Mike que había muerto en sus sueños.

—¡Espera! —George la detuvo. —¿Estás diciendo que el chaval que viste en tus sueños y que se supone que estaba muerto, se te apareció en el bosque? —Preguntó incrédulo.

—Sí. —Contestó Dedé con decisión. Continuó. —Me dijo algo así como que yo era su… pita o su pitia… no sé, no lo recuerdo muy bien.

—Ya… entiendo. —La cara sorprendida de George se convertía en decepción. Desde el primer momento en que vio a Dedé, supo que se enamoraría de ella. Ahora, aquella chica, había perdido totalmente la cabeza.

—¡Sé que no me crees! —Contestó Dedé. George arqueó sus cejas y ladeó la cabeza hacia un lado. —Sé que es difícil de creer, por eso te digo que me estoy volviendo loca.

—¡No digas eso! —Él posó su mano en las de ella, que se entrelazaban en su regazo con fuerza. —Estoy seguro de que hay una explicación para todo eso. Es posible que hayas pasado mucho estrés últimamente o que no hayas descansado bien. Creo que lo que necesitas es dormir un poco. ¡Ya verás cómo mañana todo lo ves de otra manera! —Exclamó positivo.

—Claro… —Contestó poco convencida, entornando sus ojos. Abrió sus manos y miró el corazón. Pensó, durante unos segundos, en si contarle o no a George lo que había vivido con su madre. Contarle lo del accidente.

—Si no quieres ir al hospital, puedo acercarte a tu residencia para que descanses, pero mañana deberías ir para que te miren esos golpes.—Dedé asintió con tristeza. George la miró con compasión una última vez y giró las llaves del contacto para arrancar aquella sonora y vieja camioneta. Salió de la gasolinera haciendo un giro y se incorporó a la carretera.

—George.

—Dime. —Contestó él sin perder de vista el camino.

Dedé colocó muy despacio el colgante donde estaba, lo dejó con mucho cariño por detrás del espejo retrovisor. Lo miró unos segundos con nostalgia y de nuevo se fijó en su nuevo amigo granjero.

—¿Cómo conseguiste el colgante? —Preguntó ella.

—Como tú bien has dicho, era de mi madre. —Dijo algo incómodo.

—Sí, lo sé, ¿pero cómo? ¿Quién te lo dio? —Dedé estaba haciendo preguntas extrañas para él.

—¿Qué quieres decir? —La miró por un segundo, nervioso. Se le notaba que no quería hablar del tema. Mirando de nuevo hacia la carretera contestó. —Mi madre murió en un accidente cuando yo era pequeño y alguien de la policía se lo entregó a mi padre. Para consolarme, él me lo dio a mí.

—Pero tu madre murió abrasada en una explosión, ¿cómo es posible que el collar sobreviviera a aquel incendio?

George frenó la camioneta en seco, lo que hizo que Dedé casi se estampara contra el salpicadero. Fue un frenazo violento, un frenazo enfadado. Los coches que circulaban detrás le pitaron, lo adelantaron gritándole por la ventanilla, sacando su puño hacia fuera. La camioneta continuaba parada en plena circulación y él seguía sujeto al volante respirando con rapidez, mirando hacia delante, quieto, muy quieto. Dedé lo miró tímida, nerviosa. George no dijo ni una palabra durante varios segundos, unos instantes que parecieron interminables para ella.

—¿George? —Dijo ella en un intento por que reaccionara.

—¿Cómo sabes tú eso? —Estaba tan dolido que ni siquiera podía mirarla a la cara.

—Yo…

—¡¿Es algún tipo de broma macabra?! —La miró lleno de ira. —¡¿No has tenido suficiente?!

—¡¿Qué?! ¿A qué te refieres?

—¿Con quién has hecho la apuesta? ¿Con tus colegas de la universidad? —Estaba muy alterado. Dedé lo miraba asustada. —¿Pensasteis que sería divertido reírse del policía novato?

—¡Pero qué estás diciendo! ¡George no es ninguna broma, te lo juro! —En su voz se notaba su desesperación por ser creída.

—Sabes, no es muy difícil saber mi pasado, solo tienes que entrar en el registro o en la hemeroteca para saber sobre la vida de alguien, ¡Felicidades Danielle Dumont, has cumplido tu apuesta! ¡Puedes decirles a tus amigos que conseguiste tu propósito!

—¡No, George, no es lo que crees! —Ella intentó acercarse a él.

—¡Bájate de mi coche! —Contestó cortante.

—¿Qué? ¡No, George, en serio! —Dedé posó su mano en el brazo de su amigo. Él la apartó haciendo un gesto brusco.

—¡He dicho que te bajes de mi coche! —Estaba realmente enfadado. Decepcionado.

Dedé se bajó despacio, con lágrimas en los ojos, cerró la puerta chirriante y George arrancó haciendo sonar aquella destartalada camioneta, como si se fuera a partir en mil pedazos, casi como se sentía Dedé en aquel momento, destrozada. Ella vio cómo él se iba y la dejaba allí de pie, en medio de la carretera, sin mirar atrás. Varios coches llamaron su atención con la bocina, para que se apartara, a Dedé le asustaron y con un respingo, caminó hacia el bordillo.

Entendía perfectamente el enfado de George, era evidente que, todo lo que le había contado, no se lo había creído, pero de alguna forma ella lo necesitaba a su lado, quizás por esa protección que él le había regalado o ese apoyo emocional en todo momento. Habían compartido un tiempo corto, pero Dedé se sentía sola sin él. Su opinión sobre ella se convirtió en importante. Caminó mientras las lágrimas seguían descendiendo por sus rosadas mejillas, sus piernas funcionaban de forma automática hacia la universidad. Eran las doce de la mañana y además de tener un disgusto terrible, su estómago estaba vacío, recordó el sándwich de dos dólares, empaquetado en plástico, que le había comprado George y que dejó en el salpicadero. Tenía que haberlo cogido cuando él arrancó el coche y habérselo comido calladita. Como dice el refrán, en boca cerrada no entran moscas, y en boca ocupada no salen gilipolleces, al menos si se hubiera dedicado a comer aquel bocadillo barato, lleno de buenas intenciones, no hubiera dicho aquella barbaridad y George no se habría enfadado, ni la habría odiado para siempre.

Caminó y caminó dándole mil vueltas a su gran fracaso. Pensó en lo cansada que estaba, ya no solo físicamente, si no mentalmente, sin contar la cantidad exagerada de magulladuras que tenía por todo el cuerpo, como consecuencia de una noche en la cárcel. Le daba reparo ir así por la acera, con la cara como un cuadro y la ropa sucia, sin zapatillas, desgastando sus calcetines contra el asfalto. Cuando llegó a la puerta del recinto, respiró aliviada, aunque ahora lo único que le faltaba es que todos la mirasen tan derrotada, parecía una pobre indigente, sin duda su popularidad se vería afectada. De nuevo su única prioridad volvía a ser su imagen. Llegó hasta la puerta de su dormitorio, no sin antes pasar por gente cotilleando sobre su indumentaria, gente murmurando por los pasillos y algunas risas señaladas con el dedo índice. Respiró otra vez aliviada con más profundidad y sujetó el pomo con la intención de entrar, pero se había olvidado de algo importante, se había olvidado de lo enfadada que estaba con Elisa y de pronto todas esas ganas de partirla la cara volvieron, así que aquel pomo pudo sentir en sus corvadas y plateadas formas toda su ira.

¡Elisa, prepárate, te devolverá por cien su cena en la cárcel!


¿CÓMO ARREGLARÁN LAS COSAS DEDÉ Y ELISA?

¿Y QUÉ PASARÁ CON MARION? ¿LLEGARÁN HARRIS Y HERACLES HASTA KALAMBAKA?

DESCÚBRELO EN EL SIGUIENTE CAPÍTULO

  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…

  2. ¡Hola mi Délfica! Muchas gracias a tí, Silvia ❤️ y a todos los que me leéis y apoyáis cada día.…