CAPITULO DOCE

MEDIO CORAZÓN


Dedé, sentada en el asiento del copiloto, observaba por la ventanilla cómo George Sanna se dirigía a la tienda de la gasolinera. Había parado para repostar su destartalada y oxidada camioneta, esa que debía parar cada pocos kilómetros por que no aguantaba un viaje de más de veinte minutos. Tenía un olor extraño, como a campo, a cereales recién molidos. Dedé se percató rápido de ese olor justo antes de entrar, al abrir la puerta un aire caliente, proveniente del motor, meneó levemente las puntas de sus cabellos negros que colgaban por debajo de sus hombros y con ese tranquilo y espeso aire, vino el aroma tan característico de aquel vehículo. No era del todo desagradable, siempre y cuando no te sintieras encerrada en aquel maizal. tanto tiempo ahí dentro, hizo que quisiera abrir la ventanilla. No le impresionó ver que no era automática, todavía conservaba esa típica manivela de los coches antiguos, un complemento perfecto a juego con el estilo de aquel vehículo. La camioneta de George era, sin duda, una antigualla, por fuera se notaba que en otra vida había sido azul, un azul muy celeste, un azul de esos preciosos que brillan con la claridad de los rayos del sol y de esos que por la noche, si te acercas, parecen de purpurina. Pero el paso de los años habían hecho mella en su pintura y ahora ese azul tan mágico, se entremezclaba con los golpes, el descascarillado y el óxido rojizo. Dedé observó todo el interior, buscando algo que la impresionara de verdad o algo que le hiciera cosquilleo en el estómago. Ella quería que ese chico le gustase, a pesar de tener la certeza de que se aburriría de él en pocos meses. Sabía que era un buen chico, un chico tranquilo y con futuro. Varias fotos estaban guardadas en la solapa colgante del conductor. En una de ellas, una bella mujer, muy sonriente, sujetaba un bebé entre sus brazos, la foto se había hecho en algún tipo de granja o pradera, las plantas que sobresalían por detrás eran maizales tan altos que su final no entraba en el encuadre de la imagen. Grandes y dorados como el sol, estaban preparados para ser recogidos. Dedé supuso que ese habría sido un buen día para la mujer de la foto, buena cosecha de cereales y buena cosecha familiar. Hiló entre olores, imágenes y con el hecho de que George se movía por las carreteras con una camioneta oxidada. Estaba claro que la familia de George Sanna vivía en una granja y se dedicaban a la siembra de cereales.

Muy ricos sí, pero demasiado trabajo, poco dinero.

Miró hacia la tienda. A través del cristal, George la sonrió y levantó su mano de manera torpe para saludarla. Dedé le respondió con sonrisa forzada. Suspiró. No era lo que se dice un gran partido. Estaba acostumbrada a ir en descapotables y deportivos, chicos de gran fortuna que la llevaban el desayuno a la cama en hoteles de cinco estrellas. Ir a festivales y fiestas privadas de lujo con todo pagado. Chica de yates y caviar para desayunar, chica de cero compromisos. Su mente se cerró ante la posibilidad de tener algún romance con ese granjero, con aires de salvador.

Giró su vista al retrovisor central, continuó con el registro visual del coche de George. Se fijó en los adornos que colgaban por detrás del espejo, un llavero con un girasol, un rosario hecho de cuentas transparentes y una cadena con el colgante de un medio corazón. Le llamó la atención aquel precioso complemento de plata. El corazón estaba partido a la mitad y en un extremo tenía un rubí encastrado. No lo pudo evitar, lo tocó. Recorriendo con su mano, con delicadeza, cada centímetro de la cadena hasta llegar al colgante, se acercó para verlo más de cerca y cuando lo tuvo en la palma de la mano, éste la absorbió.

Dedé abrió los ojos con dificultad, la luz cegaba sus pupilas contraídas, rodeadas de un iris color mar. Lo primero que vio fue las copas de los árboles, que en lo alto, se entrelazaban entre ellas, el cielo intentaba abrirse camino. Estaba tirada en el suelo, el suelo de un bosque seco, repleto de hojas caídas, marrones, amarillas, naranjas… No era primavera, era otoño.

Una vez incorporada y sentada entre esas hojas, miró a su alrededor.

—¡No, no, otra vez no! —De nuevo estaba entre gigantescos árboles. —¡Me estoy cansando ya de tanto viajecito! —Se levantó sacudiéndose la ropa. —¡Odio los bosques, odio los malditos árboles! ¡Estoy harta! —Se sacudía una y otra vez con enfado. —¡A ver! ¿Y ahora qué? —Miró a su alrededor, girando sobre sí misma. —Vale, este bosque no me suena, desde luego no estoy en Jacksonville. —Miró hacia el cielo buscando una respuesta. —¿Qué se supone que va a pasar ahora? ¿Va a morir alguien? ¿Va a venir otro zumbado a decirme tonterías? —Dijo gritando hacia las nubes. Esperó unos segundos. —Ya, como si alguien de ahí arriba fuera a ayudarme. —Miró de nuevo hacia los lados y cogió aire. —Vale, Danielle, la última vez el anillo te llevó de vuelta… ¡Claro, el anillo! —Mientras rebuscaba en sus bolsillos, recordó que no lo llevaba encima. —¡Mierda, está en el coche! ¡Malditos polis!¡Van a estar en mi lista negra mucho tiempo! —Se quedó pensativa, curvando un poco su espalda, demostrando sus pocas ganas de pasar por eso otra vez. —Pues nada, a caminar. —Dedé avanzó sin un rumbo fijo.

Tenía hambre. En la cárcel, la cena no había sido muy abundante, las otras presas a parte de su indumentaria y su dignidad, también le habían robado el bocadillo de atún, casi como en el colegio. No le había dado tiempo a desayunar y las tripas le rugían. Caminaba y caminaba buscando una señal, un ser vivo o una carretera que le indicara dónde se encontraba.

Escuchó un estruendo muy fuerte que le hizo dar un pequeño brinco, le pareció el sonido de unos truenos golpeando algo metálico. Seguidamente se escucharon unas bocinas de coche, una de ellas siguió pitando de manera muy molesta. Dedé fue corriendo hacia el estruendo. Estaba segura de que aquello no había sido nada sobrenatural, eso había sido un accidente.

Corrió rápido, pisando las hojas secas, unas tras otras, retumbando su crujir en el bosque, como cuando se aprieta una bolsa de patatas terminada. Y por fin llegó a la carretera. Se detuvo, manteniéndose alejada, tras ver que efectivamente un coche y un camión habían colisionado. Esperó vigilante, no sabía si acercarse o no, pensó que seguramente no habría supervivientes y seguramente ni la verían. El coche estaba volcado hacia un lado, había huellas de frenada de unos cuatro metros y varios efectos personales tirados y estropeados por toda la carretera, entre ellos paquetes de regalos magullados. El camión no había volcado del todo, pero estaba ladeado, su carga también estaba esparcida por toda la vía, una especie de líquido salía de su remolque a borbotones, se había hecho una fisura por culpa del choque. Olía a fuego, a rueda quemada y a gasolina, mucha gasolina. Dedé seguía allí de pie, justo donde empezaban las huellas del frenazo, pensando en qué hacer.

Un gemido y una mano salieron del coche. Ella se asustó, había alguien vivo y debía hacer algo. Corrió hacia allí con el corazón a mil por hora. Cuando estuvo frente al coche pudo ver a una mujer medio inconsciente, despertándose de su desmayo.

—¡Oiga! ¿Está usted bien? —Preguntó sin obtener respuesta. —¡Joder! ¿Y qué se supone que tengo que hacer ahora? —Era imposible llegar a ella. La ventanilla del conductor estaba aprisionada contra la carretera, solo había una opción. Sin pensarlo, Dedé se subió por el capó y trepó hasta la puerta del copiloto, los cristales estaban rotos, así que asomó la cabeza y vio a la mujer. Una imagen que jamás iba a olvidar. Aquella pobre conductora tenía las piernas partidas por la presión del motor y uno de los cristales clavados en el costado, la cabeza toda golpeada y heridas por los brazos. Aquello era demasiado para ella.

—¡Señora! ¿Puede oírme? —De nuevo sin respuesta.

La mujer empezó a despertarse del todo, eso no era bueno, con la consciencia llegó todo el dolor, todos los golpes se agravaron y empezó a gritar,. Estaba sufriendo, pero aún así, intentó salir, se revolvía para poder escapar de las garras del motor que atrapaban sus piernas. Cada intento por salvarse era una desesperación para ella y una desesperación para Dedé.

—¡No se mueva, se está haciendo más daño! —Dedé no pudo evitar soltar lágrimas de empatía por sus mejillas. Se dio cuenta de que no quedaba tiempo, todo estaba encharcado en gasolina y en cuestión de segundos explotaría. —¡Vale, escúcheme, tiene que salir! Le he dicho que no se mueva, pero me temo que va a tener que esforzarse más y salir de ahí. ¡Esto va a estallar por los aires! —Era inútil.

Ella encima del coche, de rodillas, mirando hacia el cielo otra vez, suplicó que alguien le ayudara.

—¡Por favor ayudadnos! ¿Qué queréis que haga? ¡Sé que hay alguien ahí! ¿Qué es lo que tengo que hacer? —Sus súplicas se perdieron en el viento.

—¿Hola? —Dijo la mujer dolorida y casi sin voz.

—¡Hola, hola! —Contestó Dedé impresionada. —¿Puedes verme?

—Si…puedo… —Contestó cerrando los ojos.

—¡Eh, eh no te duermas! ¡Por favor no te duermas! —La mujer abrió los ojos de nuevo. —Escúchame, voy a sacarte de aquí, ¿vale?

—No, no podrás…

—Sí, sí podré. Tú no te duermas. —Estaba asustada a la par que emocionada. De pronto se sentía útil, capaz de lograr cualquier cosa.

—¡Chica, eh, chica! —Dijo la conductora que apenas podía mantener sus ojos abiertos.

—¡Estoy aquí! —Dedé estiró el brazo para intentar tocar su hombro y reconfortarla.

—Tienes que irte. —Sonó a voz de súplica.

—No, no pienso dejarte.

—Por favor, yo no sobreviviré y lo sabes. Sabes por qué estás aquí. —Por un instante la miró fijamente abriendo sus ojos todo lo que pudo. —Toma, esto es lo que tienes que hacer. Llévale esto a mi hijo.

—Pero… —Estaba confusa.

La mujer estiró el brazo todo lo que pudo y dentro de su mano encerró algo para ella.

—¿Se lo darás de mi parte? —Le suplicó.

Dedé miró su mano y no pudo creerse lo que era. El colgante de medio corazón, de la camioneta destartalada de George, colgaba de la mano moribunda de aquella pobre mujer. Respondió a su petición con solemnidad.

—Te prometo que lo haré…

—Roxanne, mi nombre es Roxanne. —Dijo ella.

—Lo haré Roxanne. —En cuanto tocó su mano para llevarse el corazón, la llamas envolvieron el coche; y a Roxanne con él. La última mirada de aquella mujer fue dedicada a Dedé, era una mirada de paz, de tranquilidad, se iba, calcinada entre aquel fuego infernal. Le entregó su corazón, el corazón de George.

Las anaranjadas llamas subieron como un río hacia arriba, Roxanne desapareció del todo y cuando llegaron a Dedé, esta sujetó el colgante con fuerza y dijo:

—¡Llévame de vuelta! —Y como en un sueño, desapareció.


NOS VEMOS EL LUNES CON UN NUEVO CAPÍTULO DE PITIA DE DELFOS

FELIZ FIN DE SEMANA DÉLFICOS


  1. Cuanta intriga!! No puedo dormir sin intentar de leer el siguiente!! Necesito saber más y seguir leyendo!! Gracias mi autora…