CAPITULO SEIS

¡CUANDO YO TE LO DIGA!


Elisa salió de la biblioteca como un rayo enfurecido, sin reparar en que había dejado todas sus pertenencias de estudio encima de la mesa, a veces su carácter era así, tan impredecible y brusco como un tsunami arrasador. Dedé ya estaba acostumbrada a sus reacciones ardientes, era una característica latina que le encantaba de su amiga.

Provenía de una familia cubana que se había labrado un futuro muy estable en los Estados Unidos. A golpe de trabajo forzoso, sus antepasados habían logrado sobrevivir en la jungla de asfalto gracias al pluriempleo y a la fuerza de voluntad emprendedora. Tras varios rechazos y fracasos, su familia consiguió fundar una sólida empresa de productos alimenticios. Lo que en principio fue un pequeño negocio con ruedas de ropa vieja y sándwiches cubanos, en el distrito de Queens, se convirtió en una gran franquicia llamada “Black-Frijol” que se extendió por toda América. Entre sus productos destacaban el congrí y el ajiaco, platos antiguos y típicos de Cuba, que habían arrasado entre los norteamericanos.

Elisa vivía a cuerpo de reina, aunque no compartía con sus amistades la procedencia de su patrimonio familiar, odiaba tener que explicar a cada persona, de su círculo social, la historia de su familia, y aunque disfrutaba de una gran riqueza, vivía bajo una gran presión. Sus padres, prácticamente, le habían obligado a estudiar en aquella universidad, necesitaban a alguien en la familia con visión y título para sus nuevas empresas e infraestructuras, por lo que Elisa debía sacarse varias titulaciones y asignaturas, entre ellas diseño industrial e historia de la arquitectura. Eran una familia muy unida, artística e inteligente, todos habían puesto su granito de arena para seguir con la tradición familiar empresarial.

Tenía cinco hermanos, todos chicos, ella era la tercera. Sus dotes de niñera estaban muy desarrollados, cuando sus padres tenían que trabajar, Elisa debía cuidar de sus dos pequeños y rebeldes hermanos. Conocía muy bien el esfuerzo, la lucha, las tareas y las obligaciones, su madre se había encargado de ello para que su futuro fuera brillante, independiente, una mujer autosuficiente y “libre”, libre entre comillas, porque su futuro estaba impuesto. Ella detestaba tener que seguir los pasos de sus predecesores, pero que una hija fuera en contra de todo en lo que creen en su familia, no estaba bien visto. Enfrentarse a sus padres supondría verse sola y sin blanca y a Elisa le encantaban demasiado las nuevas colecciones. Los zapatos de Louis Vuitton y los pendientes de Cartier no se pagaban solos. Sin rechistar y con el resentimiento interno puesto como gargantilla, Elisa sacaba adelante un futuro planeado al milímetro. Su ambición, en realidad, era la abogacía, defender a los inocentes y encerrar a los malos había sido su sueño desde muy pequeña. Series como “The Good Wife“, “Law & Order” e incluso tan antiguas como “Ally McBeal“, le habían llenado la cabeza de trajes chaqueta, discursos memorables ante jurados y justicia para el pueblo. Cuando quiso darse cuenta, aquello se había convertido en una efímera ilusión.

Así que se fue a su habitación. Cruzó el campus llena de mala leche y frustración. Su cabello negro, tan bruno como la noche, ondeaba en el aire al son de sus enérgicas y cabreadas pisadas. El día tan soleado había desaparecido, varias nubes cargadas de rayos y lluvia asolaban la zona, se avecinaba una tormenta húmeda de esas que te avisan que el verano está a la vuelta de la esquina. Elisa se apuró y entró en su residencia, se colocó su cabello y su carísimo conjunto de ropa. Fue hacia el dormitorio que ella y Dedé compartían, enfadada y murmullando entre dientes. No había cosa en el mundo que le enfadara más que las injusticias, la gente egoísta y los vagos. Su amiga las tenía prácticamente todas.

Dedé y ella se conocieron durante la fiesta de los Delta Sigma. Ambas eran de primer año y estaban algo perdidas, pero los chicos del campus enseguida se fijaron en la belleza de Dedé y en la cartera adinerada de Elisa, por lo que rápidamente fueron admitidas en círculos sociales más distinguidos. Tras unos chupitos y unos bailes alocados, Dedé ya se había desmelenado por completo y Elisa la observaba desde uno de los sofás. Cuando uno de los chicos de tercer año quiso aprovecharse de la situación, Elisa no dudó por un segundo el abalanzarse sobre él y soltarle una buena bofetada y una reprimenda a lo madre protectora.

Esa noche, Dedé durmió en el cuarto de Elisa, las dos congeniaron muy bien y desde entonces fueron inseparables. En verdad, Dedé nunca había hecho nada heroico por ella, ni le había demostrado su amistad con ninguna prueba de cariño, pero con ella se sentía segura de sí misma, comprendida y sobre todo, capaz de conseguir cualquier cosa. Las manipulaciones de su amiga le venían que ni pintadas en diversas ocasiones. Una amistad por conveniencia la mayor parte del tiempo. Su enfado provenía de ahí, no aceptaba el gran ego, ni la falta de tacto de su amiga, cuando Dedé lo sacaba a Elisa se le hacía un nudo bien apretado en el estómago. A su forma de ver, vivía sin tener que dar explicaciones a nadie, sin responsabilidades y sin miedos hacia nada. Podía hacer lo que se le viniera en gana y ninguna autoridad la regañaría o la desterraría. Elisa, por el contrario, tenía una vida llena de restricciones y normas. Debía sacar las mejores notas posibles, pero las idas y venidas de su amiga en fiestas, conciertos, reuniones y festivales. la retrasaban en su empeño por lograr una buena carrera. No solo culpaba a Dedé, la culpa también era suya, debería aprender a decir no a todas esas actividades distractivas.

En cuanto llegó al cuarto, se desvistió, colocó su ropa debidamente en el armario y se puso su ropa deportiva más cómoda. Encendió la lámpara de su escritorio y se sentó para ponerse a estudiar. Se dio cuenta de que había dejado todas sus cosas en la biblioteca y apretó los labios en señal de queja. No iba a volver a vestirse para ir a buscarlas y para nada iba a arriesgarse a un nuevo y muy posible encuentro con Dedé. Sabía que al final tendría que verla, compartían habitación, pero para cuando su amiga llegara ella ya esperaba estar dormida. Por la mañana, con un nuevo rayo de sol, un nuevo café en mano y una mente descansada y despejada, la discusión se convertiría en una charla más amistosa y agradable, la cual, seguramente, acabaría entre risas.

Sacó un tomo de su estantería, decidió estudiar para otra asignatura pendiente. En ese momento, sus labios pequeños y carnosos, resoplaron de amargura y agobio.

—¡Llevo mucho retraso!

Se puso sus auriculares, enchufados a una carpeta de música de su teléfono móvil, abrió el libro y con un marcador verde y toda su atención puesta en sus párrafos, empezó a estudiar. Estaba concentrada, meneaba la cabeza hacia delante y hacia atrás de forma casi invisible. Sentía la música, la liberaba del estrés y del mal humor.

Un aire frío y suave le rozó su piel tostada en la nuca cuando, con sus pequeños dedos y con un movimiento delicado, recogió su negra y ondulada melena hacia un lateral. Sintió un escalofrío, como si alguien respirara justo detrás de ella. Se giró en la silla con susto, recorrió toda la habitación con la mirada, pero allí no había nadie. Desconfiada, volvió a posicionarse frente a su lectura. A penas unos tres segundos después, su pelo se zarandeó hacia delante por culpa de una pequeña y fría brisa. Elisa se asustó, se quitó los cascos, dejando que la música siguiera sonando a través de ellos y miró de nuevo a su alrededor. Nada, allí no había nada, la ventana, frente a ella, estaba cerrada, era muy improbable que en aquella estancia corriera ni un ápice de viento. Estaba intranquila. Separó la silla del escritorio con un impulso hacia atrás y se levantó. Miró en el reflejo de los cristales de la ventana y lo vio. Alguien la estaba acariciando suavemente, agarrándola por los hombros y susurrándole su nombre dulcemente en los lóbulos de sus pequeñas orejas redondeadas.

— Elisa… Elisa… —Repetía la voz.

Elisa se giró. Cara a cara, se encontró con Luke.

—¡Casi me matas del susto! —Dijo ella agitada, aunque contenta por verle.

—Perdona, no pretendía inquietarte. —Contestó mientras continuaba acariciando su cuerpo y la observaba como un valioso trofeo.

—¿Qué haces aquí? Si Dedé entra te verá.

—Ella no puede verme, solo tú puedes verme.

—¡¿No puede verte?! —Preguntó extrañada.

—Nadie puede, no si yo no quiero. —Besó su cuello con delicadeza.

—¡Eres increíble! ¿Por qué a mí?

—¿Por qué a ti? —Luke miró a Elisa, no entendía la pregunta.

—¿Por qué me has escogido a mí?

—Ya te lo dije, tú eres especial.

—Ya, lo sé, siempre me dices lo mismo, pero no entiendo por qué.

—Tranquila, lo entenderás a su debido tiempo. —Su voz era calmada, seductora. —¿Hiciste lo que te pedí? ¿Cuándo puedo ver a Danielle a solas?

—No he podido. Estoy cabreada con ella, en verdad es conmigo, creo… no sé, pero ahora mismo no estamos en el mejor momento.

Luke la apartó de entre sus brazos, la miró con enfado.

—¡Tienes que hacer lo que te he pedido! —Dijo lenta y pausadamente con tono superior.

—Sí, lo haré, ¿vale? Es solo que, ahora mismo, no es un buen momento. —A Elisa no le gustó su postura, le pareció un poco agresiva. —Será mejor que te vayas, tengo mucho que estudiar.

Ambos se miraron, había cierta tensión extraña entre ellos. Luke no estaba conforme con la contestación de Elisa. Ella, sin mirarlo, se sentó de nuevo en su escritorio con la intención de seguir estudiando, se puso sus auriculares, esperando que Luke pillara la indirecta y se marchara. Aunque no fue así.

A Luke no le sentó nada bien ese desplante y esa forma tan mal educada de echarlo, se sintió ofendido y su dulce cara se convirtió en ira. Agarró con fuerza el pelo de Elisa y tiró de su cabellera hacia atrás, haciendo que su pequeño cuello se doblase casi por completo sobre el canto del respaldo de la silla. A Elisa, la falta de oxigeno, no le permitió ni siquiera gritar de dolor, sus cuerdas vocales estaban bloqueadas en esa postura. Intentaba moverse, dando bandazos con las manos, para poder soltarse, pero una fuerza sobrehumana se lo impedía. Y así, sujetada solo por una mano de su amado Luke, sentada en la silla con la cabeza hacia atrás y su nuca haciendo presión en el respaldo, se sintió sola, aterrada y dominada por completo. Luke se acercó a su oído de nuevo, aunque esta vez no fue con intención de camelar..

—¡Vas a hacer lo que yo te diga, cuando yo te lo diga! Ahora te disculparás con Danielle, le dirás que sientes haberla hablado de manera tan descortés y la llevarás a un lugar donde yo pueda verla. ¿Lo has entendido?

Elisa no podía a penas mover su cabeza, no podía soltar ni un simple sí. Luke la soltó y ella cobijó su cuello entre las palmas de sus manos cubriendo el dolor. Tosió varias veces y miró a su apuesto y feroz amante. Él seguía de pie, inmune a su dolor, tenía un semblante serio, indestructible, todo rasgo de bondad en él era inexistente.

—¡Levántate! —Ordenó Luke. Elisa lo hizo sin rechistar, posicionándose ante él. —¿Vas a hacer lo que te pida? —Ella solo pudo asentir con la cabeza atemorizada.

Luke se acercó un poco más, de nuevo en su rostro volvió a surgir el cariño. Con su recia mano acarició las mejilla de Elisa, la que con miedo, retrocedió unos milímetros hacia atrás.

—No tienes que temerme, si haces lo que yo te pida, todo irá bien. —Dijo con voz sedosa.

De pronto sus ojos, los que antes eran tan azules como el cielo más despejado de un día caluroso de verano, se tornaron de color morado. Brillantes como dos fuegos encendidos, dos cárdenas llamas que penetraron en la mente de Elisa. Ella, inmóvil, había infravalorado el poder de aquel ser, sucumbiendo solo a sus encantos, sin preguntas, sin respuestas, nada más que los besos nocturnos y las promesas de un futuro que le había prometido. Elisa se sentía intimidada, pequeña frente a él. En aquel momento pensó en que quería salir de allí, pensó en Dedé, en pedirle ayuda, pensó en volver a casa y que los cinco hombres de su hogar la protegieran, pensó en desaparecer para siempre y no mirar atrás, pero no podía… Aquellos ojos, aquel individuo, criatura, persona, lo que fuese, la tenía embelesada, con miedo y con amor.

—Recuerda… —Luke acercó sus labios a los de Elisa y susurró en ellos. —…Yo soy tu dios y tú eres mi diosa.

¡HASTA AQUÍ EL CAPÍTULO SEIS!

¿QUIÉN ES EXACTAMENTE LUKE?

¿QUÉ QUIERE DE DEDÉ CON TANTAS ANSIAS?

DESCÚBRELO EN EL CAPITULO 7 EL MIÉRCOLES A LAS 19:00

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